Volviendo a Borges, especialmente al ensayo "Historia de la Eternidad", siento , sobre todo en el tramo final de la lectura, idéntica emoción, idéntica constatación de la verdad sensible de este texto al que me acerqué hace ya tantos años.
La primera parte es una suerte de ejercicio intelectual cargado de ironía incisiva. Allí Borges indaga en Platón, Plotino, los Padres de la Iglesia (en especial San Ireneo , San Agustín, San Alberto Magno) para terminar declarando un franco escepticismo con respecto a la noción de eternidad, respecto de la cual se empeña en sugerir las innumerables omisiones y contradicciones en que se incurre a la hora de intentar concebirla.
Incluso llega a pensar que cuando Agustín de Hipona expresa los elementos de pasado y de porvenir que hay en todo presente, basándose en el ejemplo de la rememoración de un poema, es víctima de la melancolía del desterrado que recuerda posibilidades felices sub especie aeternitatis.
Hasta aquí el triste pensamiento, hasta aquí la limitada filosofía y las insuficiencias de nuestra razón teológica.
Y ahora comienza lo que para mí representa la verdadera dimensión de este ensayo. Me atrevo incluso a afirmar que se trata de una de las páginas mayores de Borges, por clarividente, por demasiado humana, por enseñarnos la grandeza que hay en lo más humilde. Anticipa, desde luego, otros instantes de intuición poética de lo trascendente (porque de esto se trata y ya no de pensamiento), como es el caso del poema Abramowicz de "Los Conjurados". Por otra parte, el verdadero Aleph , apenas aludido por el procedimiento un tanto mecánico de la enumeración en el cuento de igual nombre , halla de manera anticipada en "Historia de la Eternidad" su verdadera plenitud expresiva.
No sé porque la denomina Borges "una pobre eternidad ya sin Dios". Quizá por excesiva y justa modestia, de una parte y además para eludir la espuria ambición teológica de concebir lo inefable.
Paso a transcribir la página aludida:
"Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y lugar que la declararon.
La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dió un extraño sabor a ese día.
Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamentre de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochaba; los portoncitos - más altos que las líneas estiradas de las paredes - parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.
Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: eso es lo mismo de hace treinta años... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó en realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuído de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedoe del sentido reticente o ausente de la inconcebible eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
La escribo, ahora, así: esa pura representación de hechos homogéneos - noche de serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental - no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.
Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales - los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano- son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para nos ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya escencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emopcional, la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fué avara"