miércoles, noviembre 30, 2005

Alciónico

Para los tiempos de la borrasca, he aquí una hermosa revelación de Ivonne Bordelois, en el capítulo IV de "La Palabra Amenazada": "Estos desplazamientos forzosos en la batalla de la palabra contra el ruido, estos aturdimientos programados no son inocentes. Implican una fiera voluntad de arrasar al otro en su fuero íntimo, el propósito de instalar el corazón digital y la implacable velocidad electrónica en el mundo de la mente, no acompañando sino sustituyendo violentamente y excluyendo para siempre los otros ritmos necesarios al corazón humano. Acaso no es un azar que en inglés, el idioma hoy globalmente dominante, no exista una palabra equivalente a callar". En una nota al pie, en el mismo capítulo, añade: "...En alemán, donde Stille es silencio, stillen significa asimismo calmar y amamantar".

jueves, noviembre 24, 2005

Acontecimiento y memoria

Eveline Goodman- Thau, filósofa judía de la religión, en un ensayo titulado "La historiografía como hermenéutica mesiánica", dibuja dos estupendos párrafos sobre la historia, la biografía y la lectura como liberación del texto. Paso a copiarlos:

1) Pero el pueblo judío, a difierencia de otros pueblos, no conoce una historiografía en el sentido clásico de la palabra. Para él lo importante no son los hechos de la historia, sino la forma en que el hombre recuerda su historia, el punto en que se cruzan historia y biografía, cuando el hombre, como inividuo que recuerda, se convierte en eslabón de la cadena de la memoria colectiva.

2) Es el hoy del lector presente, como hermeneuta mesiánico, lo que libera al texto del tiempo y crea así un momento en el que la vida del hombre enmarcada en el tiempo adquiere un significado que, más allá del tiempo, llega a la eternidad.

jueves, noviembre 17, 2005

Napoleón da la hora

Indica el pensador judío Martin Buber en su indispensable "Yo y Tú", que no es lo mismo el Yo enunciado por Goethe o por Jesús, que aquél que pronuncia, por ejemplo, Napoleón Bonaparte.

"¡Cuán poderoso y subyugador es el Yo pronunciado por Jesús, que toca a la evidencia¡" , afirma netamente, mientras que respecto al Emperador se pregunta:

"¿ Qué hemos de pensar del modo en que Napoleón dice yo? ".

Más adelante Buber describe a Napoleón como aquél que no encara a los hombres que lo rodean sino como máquinas capaces de rendimientos diversos, que él puede calcular y emplear al servicio de su causa. Pero no sólo este es su trato para con el prójimo: es también el que se regala a sí mismo . -"Se trata a sí mismo también como un Ello"- escribe Buber empleando una de las poderosas categorías de su reflexión metafísica.

"En éste caso el Yo es el sujeto gramaticalmente necesario de sus comprobaciones y sus órdenes".

Lo más terrible, sin embargo, es la profunda ignorancia de sí que enluta el corazón del emperador. El propio corso expresó su fatalidad en una frase clarividente y desolada:

"Yo soy el reloj que existe sin conocerse"

martes, noviembre 15, 2005

A la Recherche

Alejandro Llano, en un ensayo sobre las tesis de René Girard relacionadas con el deseo mimético y su tratamiento en la novela moderna, escribe lo siguiente acerca de "La búsqueda del tiempo perdido" de Marcel Proust: "...constituye una narración penetrada de sentido místico que se hace patente en el vuelco que experimenta Marcel en el último volumen de la novela, cuyo título es "El tiempo recobrado". Después de un largo período de enfermedades y hospitalización, en el que se ha separado de la vida social parisina, el narrador acude de manera casual a una recepción ofrecida por los príncipes de Guermantes. Y es en los momentos en que se va acercando a su mansión cuando una serie de impresiones sin aparente importancia van estableciendo un parangón entre la situación actual y momentos del tiempo pasado. Tal analogía, que roza la identidad, le hace descubrir dos conceptos inequívocamente metafísicos: la esencia común a los casos particulares semejantes, y la eternidad que la presencia de estas constantes ontológicas introducen en el curso del tiempo".

En algún lugar leí que Proust demandaba la lectura completa de la novela para la comprensión cabal de su sentido. Algunos que para la época solamente habían leído los primeros tomos ( sobre todo "Por el Camino de Swann"), creyeron que su tema central era la melancolía por el paso del tiempo.

Si lo sugerido por Llano es real, el tema de "La Recherche" no es tanto el del tiempo perdido como el del tiempo recobrado en la eternidad de la palabra.

viernes, noviembre 11, 2005

Itaca

Continuando con Borges, encontramos otra conmovedora referencia a la vinculación del arte con lo eterno. Nada menos que en unos versos de su "Arte Poética".

Allí, para distinguir la verdadera poiesis de la escandalosa hazaña intelectual, nos regala esta maravilla :




Cuentan que Ulises, harto de prodigios
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios...

En estos versos el argentino universal es enteramente platónico.

El mito del nacimiento de Eros contado a Sócrates por Diotima nos dice que el pequeño dios es hijo de Poros (el ingenio) y Penia (la pobreza). Domingo Cia Lamana (A Parte Rei, número 24) nos recuerda que "Eros despierta ante la Belleza el deseo de Eternidad. La belleza traslada el deseo humano al mundo de las ideas perfectas... Eros, ante la belleza que le aportan los sentidos, despierta "ríos de deseo" de la belleza total y eterna. Es entonces cuando el enamorado, seducido, quiere aquí, en la cárcel de los sentidos, eternizar el instante de dos formas: engendrando hijos en la belleza, o poetizando la belleza en el arte".

Por último el propio Platón recoge en sus diálogos: "Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y en lugar de ser delicado y bello como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta en la intemperie en las puertas y al borde de los caminos... Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno...."

jueves, noviembre 10, 2005

Poesía, eternidad

Volviendo a Borges, especialmente al ensayo "Historia de la Eternidad", siento , sobre todo en el tramo final de la lectura, idéntica emoción, idéntica constatación de la verdad sensible de este texto al que me acerqué hace ya tantos años.

La primera parte es una suerte de ejercicio intelectual cargado de ironía incisiva. Allí Borges indaga en Platón, Plotino, los Padres de la Iglesia (en especial San Ireneo , San Agustín, San Alberto Magno) para terminar declarando un franco escepticismo con respecto a la noción de eternidad, respecto de la cual se empeña en sugerir las innumerables omisiones y contradicciones en que se incurre a la hora de intentar concebirla.

Incluso llega a pensar que cuando Agustín de Hipona expresa los elementos de pasado y de porvenir que hay en todo presente, basándose en el ejemplo de la rememoración de un poema, es víctima de la melancolía del desterrado que recuerda posibilidades felices sub especie aeternitatis.

Hasta aquí el triste pensamiento, hasta aquí la limitada filosofía y las insuficiencias de nuestra razón teológica.

Y ahora comienza lo que para mí representa la verdadera dimensión de este ensayo. Me atrevo incluso a afirmar que se trata de una de las páginas mayores de Borges, por clarividente, por demasiado humana, por enseñarnos la grandeza que hay en lo más humilde. Anticipa, desde luego, otros instantes de intuición poética de lo trascendente (porque de esto se trata y ya no de pensamiento), como es el caso del poema Abramowicz de "Los Conjurados". Por otra parte, el verdadero Aleph , apenas aludido por el procedimiento un tanto mecánico de la enumeración en el cuento de igual nombre , halla de manera anticipada en "Historia de la Eternidad" su verdadera plenitud expresiva.
No sé porque la denomina Borges "una pobre eternidad ya sin Dios". Quizá por excesiva y justa modestia, de una parte y además para eludir la espuria ambición teológica de concebir lo inefable.

Paso a transcribir la página aludida:

"Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y lugar que la declararon.

La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dió un extraño sabor a ese día.
Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamentre de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochaba; los portoncitos - más altos que las líneas estiradas de las paredes - parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.

Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: eso es lo mismo de hace treinta años... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó en realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuído de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedoe del sentido reticente o ausente de la inconcebible eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.

La escribo, ahora, así: esa pura representación de hechos homogéneos - noche de serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental - no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.

Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales - los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano- son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para nos ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya escencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emopcional, la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fué avara"

jueves, noviembre 03, 2005

Dos veces eterno

Borges, en una entrevista con Osvaldo Ferrari:

"Es una ambición del hombre, yo creo: la idea de vivir fuera del tiempo. Pero no sé si es posible, aunque dos veces en mi vida yo me he sentido fuera del tiempo. Pero puede haber sido una ilusión mía: dos veces en mi larga vida me he sentido fuera del tiempo, es decir, eterno. Claro que no sé cuánto tiempo duró esa experiencia porque estaba fuera del tiempo. No puedo comunicarla tampoco, fue algo muy hermoso"

Albada

A Fernando Paz Castillo


Casi al despertar levanto un muro. Invención pura, en la que recupero, por el camino de la transustanciación imaginaria, alguna zona extraviada de mi antigua experiencia. Una impalpable línea une las pestañas del durmiente en dirección al infinito.

Invento un muro y ahora corro sobre él.

Soy niño. Hay jardines de casitas apenas estrenadas, descampados inmensos, la sombra tranquila de la avenida que se pierde en la tarde, el horizonte incendiado del crepúsculo. Es la intensa soledad de los nuevos lugares donde siempre parece mediodía o medianoche y es todas las horas .

Nadie se atreva a prostituir la palabra libertad.

Trozo de ciudad, trozo de las afueras, pedazo entrañado de mi ciudad distinta que es siempre la misma, fraguada lentamente en el deseo y en el sueño y que solo puedo habitar según las intermitencias del corazón.

Ciudad sin tiempo.